viernes, 23 de septiembre de 2016

Helado de queso y arándanos (sin heladera)

Ahora que se va el calor vengo yo con un helado, pero cualquier momento es bueno para disfrutar de este dulce, ¿no?.

Este helado se hace sin máquina heladera y tampoco es necesario andar removiendo la preparación cada poco tiempo para que no queden cristales. La receta base de este tipo de helados solo lleva leche condensada y nata. Supongo que la mezcla no cristaliza por el tipo de azúcares que tiene la leche condensada. 

Quería hacer un helado con el sabor de las tartas de queso así que busqué en Internet y, como está todo inventado, encontré unas cuantas recetas. Lo que vi es que las proporciones de leche condensada y nata varían de unas recetas a otras y todas parecen funcionar. En casos lo que suelo hacer es un cóctel de varias recetas, redondear los ingredientes y ver si el resultado sale bien. Esta vez la cosa ha funcionado.

Podéis experimentar con la receta base para conseguir helados de otros sabores. Para la receta básica lo que tenéis que hacer es poner entre 400 y 500 ml de nata montada y añadirle unos 300 o 350 g de leche condensada. En el helado que yo he hecho, parte de la nata se sustituye por queso y ya está. 



Ingredientes:
  • 250 ml de nata para montar (35MG).
  • 200 g de queso crema.
  • 350 g de leche condensada.
  • 1 cucharilla de extracto de vainilla.
  • Mermelada de arándanos.
  • 8 o 10 galletas integrales (o del tipo que queráis).
  • Arándanos frescos para decorar (opcional).
Elaboración:
  1. Picaremos las galletas en trocitos relativamente gruesos.
  2. Montaremos la nata a un punto firme. Para que se monte bien tiene que estar muy fría.
  3. Mezclaremos la leche condensada con el queso y la vainilla hasta obtener una crema homogénea.
  4. Con mucho cuidado uniremos las dos preparaciones volcando poco a poco la crema de queso y leche sobre la nata y la integraremos con movimientos envolventes con ayuda de una espátula.
  5. Untaremos con mantequilla el molde donde vayamos a guardar el helado.
  6. Vamos a hacer tres capas de crema y entre ellas colocaremos mermelada y galletas. Esto es, colocaremos una capa de crema, pondremos sobre ella galletas y cucharadas de mermelada en la cantidad que  nos parezca mejor, otra capa de crema, encima mermelada y galletas y terminaremos con una capa de crema. Con ayuda del mango de una cuchara removeremos un poco la mezcla para que los ingredientes se dispersen un poco por todo. 
  7. Taparemos bien el recipiente y lo introduciremos en el congelado hasta que se endurezca.
  8. Para consumirlo tendremos que sacarlo del congelador unos minutos antes y usaremos una cuchara o un dispensador de helados caliente (manteniéndolos en un vaso con agua caliente) para poder formar bolas.

Un libro:
Acabo de leer un libro de Rosa Montero que no se puede encuadrar en un solo género. Es un ensayo y es una autobiografía, pero también se puede decir que es una novela pues parte de la biografía que la autora nos presenta es ficticia.

"La loca de la casa" se publicó en el año 2003 y trata sobre la literatura y sobre la imaginación.

He elegido este libro porque en uno de los ficticios pasajes autobiográficos Rosa recuerda haberse comido un corte de helado el día que su hermana melliza se perdió.

"Martina y yo teníamos ocho años cuando un día mi hermana desapareció. Salvo en los primeros meses de mi tuberculosos, que nos separaron, normalmente siempre estábamos juntas;  jugábamos juntas, nos peleábamos juntas, dormíamos la siesta juntas, a regañadientes, en las largas tardes de verano. Un anochecer de agosto estábamos en el bulevar Reina Victoria, nuestra calle, entreteniéndonos en recoger chapas de botellas. Debía de ser un domingo, porque nuestro padre estaba con nosotras. Se había sentado en una mesa del chiringuito a tomarse una cerveza y leer el periódico. De pronto, a mi se me antojó tomar un helado. No sé si ya tenía el dinero, no sé si papá me lo dio; sea como fuere, me concedió el permiso para comprarlo. Martina no quería helado. Tampoco quería acompañarme. Estábamos enfadadas, me acuerdo muy bien. Siempre nos peleábamos por cualquier cosa. De manera que caminé por el bulevar polvoriento, entre los grandes árboles torturados por la sed, hasta el puesto de los polos, que estaba en el otro extremo del paseo a unos doscientos y me compré un corte de nata y fresa. Lo recuerdo todo con precisión y con un extraño distanciamiento, como s fuera una película vista veinte veces, Y regresé despacio, dando milimétricos lametones al helado (los cortes había que chuparlos con mucho método para que el perímetro disminuyera de forma equilibrada) y disfrutando del momento. No sé cuanto tardaría en todo esto;  quizá diez minutos. Cuando volví al chiringuito, Martina no estaba. (,,,)

Y también dejo un párrafo con el que se sentirá identificado cualquier lector empedernido. 

(...) ¿cómo se puede una apañárselas para vivir sin la lectura? Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento; pero dejar de leer es la muerte instantánea, Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte. Un lugar imposible, inhabitable. De manera que mucho antes que la escritura está la lectura, y los novelistas no somos sino lectores desparramados y desbordados por nuestra ansiosa hambruna de palabras. 

Una película:

Y si Rosa Montero saboreaba lentamente un corte de helado, ahora le toca a una actriz maravillosa que ya ha aparecido alguna vez por este blog y que se come un cucurucho con mucha elegancia en una película clásica. 

Se hablamos de helados enseguida pensamos en Italia, por lo menos yo. Creo que todos los que hemos vivido en Zaragoza conocemos los Helados Italianos, una heladería de toda la vida. Y de ahí mi asociación de ideas de hoy porque quien se deleita con un helado italiano es Audrey Hepburn en la película Vacaciones en Roma, 

Roman Holiday es un film de 1953 dirigido por William Wyler y protagonizado por Audrey Hepburn junto al maravilloso y guapísimo Gregory Peck.

Ahí dejo la escena del helado. ¡Ay madre, qué guapo y qué voz tenía aquel hombre!...y Audrey, qué guapa también.



domingo, 4 de septiembre de 2016

Mermelada de tomate y pétalos de rosas

Cuando vi en Canal Cocina la receta que traigo pensé que merecía la pena hacerla aunque solo fuera por las fotografías con las que podía acompañarla. Durante los días que estuve en el pueblo recogí pétalos de rosa, los puse a secar al sol y los usé en cuanto volví a casa.

Estoy bastante contenta con el resultado porque la mermelada está rica. Sabe como la de tomate pero con un sutil toque a rosas que la hace un pelín exótica, por decirlo de alguna forma. La receta es de origen marroquí y Najat Kaanache, la cocinera que la hizo en la tele, usó la mermelada (ella la llama compota) para acompañar unas albóndigas de carne. En casa nos la estamos comiendo con queso de cabra tipo rulo y le va muy bien. 

Creo que las fotos han quedado guapas.




Ingredientes:
  • 400 g de tomate pelado, sin pepitas y escurrido.
  • 200 g de azúcar blanquilla.
  • 100 ml de zumo de granada.
  • 15 g de pétalos de rosas secos.

Elaboración:

  1. Colocaremos en una cacerola ancha (para facilitar la evaporación) el tomate limpio y escurrido junto con el azúcar y el zumo de granada. Cuando empiece a caramelizar añadiremos los pétalos de rosa troceados y dejaremos que cueza durante media hora. 
  2. Llenaremos un bote de conserva previamente esterilizado (o lavado en lavavajillas a temperatura elevada). Cerraremos herméticamente el bote y dejaremos que se enfríe boca abajo. Lo conservaremos en la nevera hasta que no usemos (no tardaremos mucho porque no está tratado para conservarse).


Un libro:


No he leído ninguna novela marroquí así que tengo que la asociación con la receta va a tener que ir por otro camino.

Tratándose de rosas la primera novela que se me ocurre es "El nombre de la rosa". Este libro se publicó en 1980 y fue la primera obra de ficción que escribió el filósofo Umberto Eco, además se trata de uno de los superventas más grande del siglo pasado. Está ambientada en una abadía católica durante el siglo XIV. Se trata de una historia de misterio, pero principalmente habla sobre el miedo  al conocimiento y la censura del saber.

A la novela llegué después de ver su  versión cinematográfica y me gustó mucho, aunque confieso que algunos pasajes me resultaron un poco arduos.

"Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tras dedos de espesar. A oscuras, en seguida después de laudes, habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas.
Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadía. No me impresionó la muralla que la rodeaba, similar a otras que había visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que después supe que era el Edificio. Se trataba de una construcción octogonal que de lejos parecía un tetrágono (figura perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios).
 
(...) Me sentí amedrentado, presa de una vaga inquietud. Dios sabe que no eran fantasmas de mi ánimo inexperto, y que interpreté correctamente inequívocos presagios inscritos en la piedra el día en que los gigantes la modelaran, antes de que la ilusa voluntad de los monjes se atreviese a consagrarla a la custodia de la palabra divina."
Un película:

Como he comentado antes, primero fue la película y luego la novela. Normalmente me ocurre lo contrario porque prefiero leer la novela primero para que no me la destripe la película. 

El libro fue un éxito de ventas tan grande que casi tenía asegurado también el bombazo cinematográfico. En 1986 varias productoras europeas y el director Jean Jacques Annaud decidieron llevar a la pantalla esta novela detectivesca ambientada en una abadía de los Apeninos. Una de las claves de su éxito se debió a la elección de Sean Connery para interpretar al monje franciscano Guillermo de Baskerville, aunque todos los actores están magníficos.